Ser padre, ser maestro. Y ser humano: Una reflexión sobre el arte de enseñar

Una vez un profesor, cuyas acciones, —más que sus discursos rimbombantes— dejan en evidencia su talante incoherente, me dijo que a mi hija “como que le faltaba algo”. Como amante de las palabras que soy, detecté en las suyas un mar de significaciones. Unas crueles y otras que denotaban una falta de reflexión pedagógica profunda. Sugería que el problema ‘del aprendizaje’ era de mi hija. De nadie más. Así, sin permitirse un diálogo serio; sin explicarme más allá de ‘la evaluación’ que había perdido y que demostraba su tesis. Es lo mínimo que un padre esperaría en un diálogo con un docente que se atreve a hacer un diagnóstico tan ligero. Pienso que a veces los maestros asumimos que ‘conocemos’ a todos los estudiantes por el ruido que hacen o por su silencio o por su estatura. Pero no es así. Y es triste, pues muchos maestros son magísteres y doctores; pensaría uno que el título alcanzado, después de muchas lecturas y reflexiones, debe llevarlo a uno, por lo menos, a hacer una reflexión sobre su práctica pedagógica, como de seguro lo hace la mayoría. No así aquel colega. 

En mis 20 años de docencia: en el sector rural, en el ‘peor’ colegio de la comuna, en el segundo más ‘prestigioso’, en el número ‘uno’ en las pruebas de estado; en el privado, en el público; en la básica, en la media, en la universidad, he sido testigo de primera mano de los problemas, las incoherencias y las carencias de nuestro sistema (que ahora enfrenta uno mayor: la dirección de una persona dogmática e irreflexiva). Por eso puedo hablar desde esa experiencia diaria de aula, y también como padre. No podemos ser ligeros al emitir un juicio de valor sobre el aprendizaje; quizá a veces sea necesario cuestionar nuestra propia manera de enseñar.

De vez en cuando le pregunto a mis hijos cómo van las cosas en el colegio. No como una pregunta retórica, ellos lo saben, sino como una pregunta que busca indagar y conocer su opinión sincera. Y allí me cuentan, con absoluta libertad, sobre los profesores apasionados, sobre la profesora que sólo está preocupada por la foto para la evidencia, el maestro que nunca ha explicado un tema, del profesor que lee y recomienda libros, del maestro agotado; de la maestra admirable y buena, del profesor que no inspira. Porque uno no debe ser ambiguo en los diálogos con los hijos; sobre todo de los diálogos fundamentales. Nunca me han interesado las notas, los primeros puestos, las condecoraciones; como Gómez Jattin, “las miro de perfil mas no con odio”. Aspiro y espero que sean personas sentipensantes y humanas; conscientes y capaces de hacerse responsables de sus actos. Y para eso, no necesariamente, se requiere estar en un podium. 

Mi hija, de la que hablo, pinta, sabe lenguaje musical, toca violín, flauta, tiene nociones de piano, tiene una ortografía admirable; ah, y tiene ‘buenos modales’… Desde que gateaba tenía una sensibilidad especial que fuimos potenciando en casa, sin forzar nada, solo propiciando el asombro. Y, además, tiene un noble corazón (muchas veces no sólo no es valorado sino que es desterrado de la “calificación”). Pienso que en nuestro país las reflexiones pedagógicas y didácticas van por un lado y la realidad educativa va por otro. Quizá eso, junto al agotamiento al que se enfrenta el docente, le impide “ponerse a perder el tiempo valorando esas cosas abstractas que no le servirán para resolver un problema real”. Lo he escuchado. Pero los burócratas y tecnócratas de la educación tienen ahora la solución: embutir la asignatura ‘socioemocional” a un pénsum repleto, al tiempo que siguen ignorando el arte y la literatura como instrumentos de transformación. Descubrieron que existe otra ‘dimensión’, pero sólo se les ocurre inventar un nuevo formato en Excel. ¡Perdónamos, Ausubel, por usarte sólo para las tesis!

El arte, la literatura, la música, deben potenciarse, y más ahora, en estos tiempos de genocidios, de muerte, de violencia y ruido. Pero y ¿cómo los convences si son ellos ‘los que tienen el título’, son ellos ‘los que tienen la experiencia’? Luego de que el profesor había sentenciado que ‘lo más probable era que mi hija perdiera el año por su poco interés’, lo miré con pesar. No objeté, no presenté una queja, no le reclamé a nadie, escuché atentamente y sólo lancé una pequeña ironía que de seguro no fue entendida. Supe, en el fondo, que más burocracia validaría esa brutalidad mimetizada en más formatos. También recordé que mi hija regresaba triste del colegio. No cansada, sino desanimada, frustrada, confundida y con los ojos humedecidos. Y supe que había que irse. 

Y en efecto debía 'perder el año', porque ‘no se había adaptado a las exigencias de la institución’. No la regañé, siquiera; sólo tuve una conversación con ella. Una sola. Le dije que no temiera entender y criticar este sistema educativo, tan equivocado, tan obsoleto y, sobre todo, tan incoherente; que ella era inteligente y que tenía un talento que debía seguir explotando, así nadie se lo reconociera. La cambiamos de colegio, y el día que me contó de los resultados del segundo periodo, vi aquella sonrisa que tenía cuando era niña y supe que había encontrado otro lugar: no mejor, ni peor, sino un lugar diferente donde había otras personas que aún conservaban una forma más humana de entender la enseñanza; quizá, aún, conservaban un poco de ese asombro que había vuelto a sus ojos. Luego la vi en un cuadro de honor, y sentí una leve satisfacción. 

Y también aprendí. 


Félix Molina-Flórez 

Poeta, padre y docente 








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