Carpe Diem

A Julio Cortázar

***

 —Yo sé que Dios nos hará el milagro.

—Mejor no metas a Dios en este asunto.

—A Dios hay que meterlo en todo, así no exista.

—Yo prefiero que lo saques. Ya hemos sido suficientemente cínicos como para tratar de justificarnos.

—No trato de justificarme. Sólo apelo a tu fe.

—¿Fe? Yo sólo creo en Dios y nada más.

—¿Nada más? Creer en Dios conlleva tantas cosas. Mejor vive el momento.

—No creas tú, si no quieres. No es necesario que intentes justificar este error escudándote en lo que yo crea. Además, mi vida es más que este momento.

—¿Error?

 Esa palabra le retumbó en el tímpano. Dio tres pasos adelante y se puso justo frente a su cara. Se le arrugó la frente y sus mejillas se dilataron por las mordidas que daba en seco.

—¿Error? Me parece que eso no es coherente con todo lo que pasó o lo que está pasando. Pero bueno, por lo menos fui un error en tus brazos.

 Se llevó las manos a la cara como para contener la ira. O la tristeza. Nunca hay ira si antes no hay una profunda tristeza, pensaba. No cualquier rabieta porque no hay plata o porque se pinchó la llanta. No. Sino aquella que penetra el alma y la desvanece. Y la sepulta en un cuerpo que cada día es un ocaso. Lo había pensado antes cuando maquinaba la manera de deshacerse de su marido que era también un ocaso: un cúmulo de huesos engordados con colesterol, un tipo ahí, todo triste. Había que sacarlo del camino, porque sentía que su vida se había estancado. Pero no era fácil porque, vaya paradoja, ella lo amaba. Era el padre de su hijo.

—El amor es así. Con el tiempo uno termina entendiendo que el amor él nos habita por completo o no nos habita. Hay mucha gente que finge amar, por conveniencia. Porque debe conservar el hogar, porque qué harto divorciarse y tener que dividir los bienes o las deudas. Como si el matrimonio sirviera de algo. Es solo un papel. Entiéndelo; deja tus etiquetas.

***

Siempre que él hablaba, ella lo miraba atentamente. Las palabras no la convencían del todo, pero había algo en él, que la atraía; por eso lo calló de la manera que ella siempre lo hacía: lo besó, y lo empujó a la cama. Puso sus manos en el pecho desnudo y sintió un corrientazo. Sintió la fortaleza de sus brazos, y le fue inevitable no recordar a Sansón. En todo Sansón: en esa historia trágica. Pero prefirió probar otro deseo.

 —¡Debo irme!

Tomó su bolso intempestivamente y salió de aquel apartamento. Mientras bajaba por el ascensor, se miró en el espejo.

 —¿Qué estás haciendo, Amelia? ¿En la casa está tu marido esperándote con tu hijo, y tú en el apartamento de un hombre soltero? ¿En qué tipo de mujer te has convertido?

Se azotó. Percibió su humedad, y sintió un temblor en las piernas. Sintió vergüenza de sí misma; los consejos de su madre que le había regalado cuando niña el Santo Rosario para que lo usará en momentos de tentación como ese, habían quedado enredadas en las sábanas blancas. Sacó del bolso el celular; seguía apagado. Se medio arregló el pelo, se limpió la cara y se puso de frente a la puerta del ascensor a esperar la llegada al primer piso y poder irse e inventar alguna historia en el caso de que su marido hiciera alguna pregunta. O quizá solo le hacía el amor a la hora que llegara. Algo se le ocurriría.

Escuchó la campana de llegada, y un pequeño estremecimiento cuando el ascensor se detuvo. La puerta metálica se abrió. Fijó su mirada en el piso y vio una sombra gruesa que se proyectaba hacia el interior. Alzó el rostro y vio a su marido que la miraba fijamente, mientras sostenía una pistola en su mano.



Félix Molina-Flórez 





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