La metáfora de la ola

1.

El mar tiene una magia difícil de explicar con palabras. Hay que sentirlo para no tener que entenderlo. Muchas veces me he parado frente al mar y he mirado, hasta donde mis ojos permiten interpretar el allá, y he podido constatar que en medio de tanta inmensidad se esconde una dinámica simple. El mar está ahí, contenido, y se mece como una hamaca vacía. Se eriza, y conmovido por el movimiento, manda gritos que suben como el coletazo de una ballena. El mar, —¡cuántos secretos no guardas también, como la montaña inexpugnable que es una mujer infiel!— ese abismo, ese hondo escrutinio, esa caja de secretos ahogados. El mar. 

2. 

Miro la ola que viene, su espuma y ese crujir. Parece una cerveza desvaneciéndose en el vaso. La arena absorbe, como la lengua, el resto de mar que quedaba. La ola que vino no volverá. Vendrá otra y otra y quedarán atrás, en el olvido, como el muerto después del sepelio. Y vendrá otro mar y otro cadáver. Le doy una bocanada a mi cigarrillo. Meto mis pies en el agua y siento que la arena me lame los dedos. Estoy solo y llevo en mis manos toda la tristeza que alguien puede soportar. Camino. Recuerdo a Virginia y siento escalofríos. Pero estoy frente al mar y en él las penas se remojan y son más livianas. La soledad me toma de la mano. Miro atrás y veo también sus huella. Y el humo que nos persigue.

3.

Ella mueve las manos y no dejo de verla. Tiene un reloj dorado de manijas de cuero. También lleva un anillo. Su piel es blanca y en ella se levantan medio erguidos un batallón de vellos que parecen una brizna. Toma el yelco con la mano izquierda y con la derecha me restriega el antebrazo con alcohol. Siento un alivio. Cambia de manos. Desenfunda la aguja que solo segundos después estará metida en mí vena. Siento miedo. Siempre le temí a la oscuridad y a las agujas. Pero es eso lo que toca. Y a veces a uno le toca hacer no lo que quiere sino lo tiene. La mujer penetra. Se le nota en el rostro la satisfacción. Yo aprieto todo lo que pueda apretar menos la mano izquierda. Y ella termina el protocolo: las cintas, la gasa, la marca. Sólo al final le miro el rostro. Lleva un tapabocas pero aún así es posible ver su belleza en sus ojos. Se va con los restos de mi sangre.

Y vuelvo y pienso en el mar. En su sabor. En lo amargo que es en los ojos. 

Félix Molina-Flórez 



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